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HIPOTESIS SOBRE EL PIQUETE URBANO
Por reenvío agencia walsh - Wednesday, Jan. 08, 2003 at 10:59 AM

Reflexiones de un asambleísta del Cid Campeador acerca del Piquete Urbano y las formas de coordinación asamblearias


por Ezequiel Adamovsky


El 19 de Diciembre de 2002, unas 600 personas de más de 45 grupos diferentes realizaron un “Piquete Urbano” (PU), consistente en el bloqueo del Banco Central, la Bolsa de Comercio, y otras entidades financieras de la zona del microcentro de la ciudad de Buenos Aires. Con el permiso del lector, quisiera ofrecer algunas reflexiones sobre este evento, y acerca de las formas de coordinación asamblearias en general. Las ofrezco como hipótesis provisorias para seguir pensando, más que como certezas absolutas y cerradas.
Como miembro de la Asamblea Popular Cid Campeador, tuve la oportunidad de participar activamente en la concepción, organización y realización del PU. Por varios motivos que desarrollo más abajo, creo que el PU constituyó una experiencia novedosa de acción directa y de articulación de una multiplicidad de movimientos, grupos, e individuos. El hecho de que haya sido llevada íntegramente a cabo siguiendo criterios de horizontalidad, hace que el PU pueda ofrecer algunas claves para repensar la cuestión de la coordinación de acciones entre las Asambleas y otras organizaciones, un tema crucial para los nuevos movimientos autónomos surgidos de la rebelión del 19 y 20 de diciembre de 2001.

La idea

La idea de realizar un “Piquete Urbano” surgió en la Asamblea Popular Cid Campeador a principios de octubre. Un asambleísta presentó entonces el proyecto, argumentando que el PU serviría para varias cosas al mismo tiempo. En primer lugar, para promover acciones directas, un tipo de medida más radical que las que se acostumbra a desarrollar habitualmente. Era de prever que el 20 de diciembre, en el aniversario de la rebelión, habría grandes marchas y manifestaciones que, en opinión de ese asambleísta, no estarían a la altura de lo que fueron las jornadas del 19 y 20 de diciembre de 2001, o al menos en su espíritu: “Si después de un año de intensa organización popular lo mejor que sabemos hacer es organizar otra marcha más, entonces este año habrá servido de poco”, sostuvo. La idea era, entonces, organizar una acción directa masiva como parte de las acciones a realizar en el aniversario de la rebelión. En segundo lugar, la idea del PU era atacar los sitios y símbolos del poder económico, para transmitir el mensaje de que allí estaba la principal responsabilidad de la crisis Argentina: “Siempre estamos marchando a Plaza de Mayo, al Congreso, a Tribunales, como si los culpables de la crisis fueran sólo los que detentan el poder político. Es hora de atacar también a los banqueros, las corporaciones, y los grandes empresarios, que fueron los que se beneficiaron de años de saqueo de nuestro país”, señaló el asambleísta. En tercer lugar, la idea del PU era recuperar el protagonismo para las Asambleas, y proponer una medida propia como parte de las movilizaciones del 19 y 20, capaz de convocar también a otras organizaciones y sectores: “Estamos siempre movilizándonos detrás de las convocatorias de partidos políticos o centrales sindicales; es hora de que recuperemos la iniciativa y propongamos nuestras propias acciones y convocatorias”, agregó el asambleísta que tuvo la idea. La Asamblea discutió la propuesta, y ese mismo día la aprobó por unanimidad. Ahora se trataba de pasar de la opinión a la acción, y hacer que la idea del PU se convirtiera en realidad.

El llamado a la acción y la organización

Al día siguiente de haberla aprobado, la Asamblea mandó por todas las cadenas de e-mail y a todos los contactos la propuesta del PU, invitando a todas las organizaciones del campo popular a discutir la idea y enviarnos sus opiniones. Simultáneamente, un grupo de asambleístas visitamos personalmente a otras Asambleas y grupos, para invitarlos a participar. La respuesta de la mayoría fue inmediatamente favorable, lo que nos impulsó a llamar a una primera reunión preparatoria para el 29 de octubre. Superando ampliamente nuestras expectativas, 27 grupos distintos acudieron a la convocatoria. En las sucesivas reuniones, el número de participantes fue aumentando, hasta llegar a las más de 45 organizaciones que finalmente participaron en la acción.
Todas y cada una de las decisiones –desde la misma idea general del PU, hasta las cuestiones logísticas y de seguridad más puntuales, las consignas, los vínculos con la prensa, etc.– se tomaron en forma totalmente horizontal, en asambleas coordinadas rotativamente. Cualquier asistente (incluso quienes venían a título individual) pudo manifestar sus opiniones en las reuniones de organización, mientras que cada grupo participante tenía derecho a un voto. Para el coordinar las acciones el 19, se eligieron democráticamente 8 personas, cada una de un grupo diferente. A pesar de las intensas discusiones y desacuerdos planteados, en sólo seis reuniones generales logramos darle forma al PU.

Una coalición diversa y plural

Lo más notorio del PU, y a la vez uno de sus desafíos mayores, fue la conformación de una coalición entre la extraordinaria multiplicidad de sectores que participaron: Asambleas, organizaciones piqueteras, sindicatos combativos, partidos políticos, colectivos de arte, grupos gay/lésbicos, organizaciones de ahorristas, colectivos de resistencia global, estudiantes, grupos ambientalistas, y asociaciones de derechos humanos. No existe en nuestro país ningún antecedente (al menos que yo recuerde) que muestre tal heterogeneidad de grupos trabajando juntos. ¿Piqueteros junto a gays? ¿Ahorristas junto a sindicatos? ¿Asambleas junto a grupos de arte? ¿Colectivos de resistencia global junto a nacionalistas? ¿Trotskistas junto a (otros) trotskistas? Articularlos en la acción fue uno de los principales logros del PU.

¿Cómo conseguimos que tal diversidad de grupos se interesara en participar de la acción? Es probable que la respuesta sea, simplemente, que se trataba de una buena idea, o que apuntaba a un enemigo que todos compartimos: el capitalismo. También es probable que haya influido el hecho de que el llamado a la acción haya sido hecho en primer término por una Asamblea, organización de la cual nadie podría pensar que busca acumular políticamente para su propia causa en desmedro de otras. No creo que, por ejemplo, un partido político hubiera podido convocar a esa diversidad de organizaciones: la mayoría sencillamente no habría confiado en la convocatoria.
Pero también es posible que la forma en que se apeló al apoyo de los demás haya tenido algo que ver. El llamado a la acción invitaba explícitamente a todos los tipos de grupo –uno por uno, a los grupos de arte político, feministas, asambleas, ahorristas, etc.– en lugar de llamar al “Pueblo” o al “campo popular” en general. Una hipótesis probable es que ese tipo de apelaciones “desagregadas” interpela más efectivamente a la multiplicidad de sujetos oprimidos en la sociedad actual.

¿Cómo logramos ponernos de acuerdo entre tantos grupos diferentes? Una hipótesis probable es que el PU no fue posible a pesar de esa diversidad, sino precisamente gracias a ella. La misma heterogeneidad del espacio de trabajo, planteado en términos radicalmente horizontales, obligó a negociar diferencias y a postergar discusiones meramente ideológicas en favor de la realización de una acción práctica contra un enemigo en común: el sistema capitalista. Relacionada con lo anterior, otra hipótesis pensable es que los grupos que participaron genuinamente en esta negociación de diferencias sufrieron un proceso de contaminación recíproca. Es probable que ninguno de ellos haya salido de la experiencia igual a como entró. La negociación de las diferencias, cuando se da naturalmente en un ámbito horizontal, estimula el reconocimiento de la validez de los reclamos específicos de los demás, en pie de igualdad. Porque, idealmente, nadie está en condiciones de reclamar prioridad para sus propias demandas por sobre las demandas de los demás. ¿Podría un asambleísta haber dicho que su lucha es más importante que la de los ahorristas? ¿Podría un piquetero haber argumentado que su lucha contra la explotación capitalista del trabajo es más importante que la lucha de los ambientalistas contra la devastación capitalista del planteta? En un ámbito como el del PU, sólo podrían haberlo hecho al costo de socavar la oportunidad de trabajar juntos.

Peligros durante la organización: la batalla por los “programas”, el “consignismo”, el “aparateo”, y el “opinionismo”.

Pero claro, el proceso de construcción del PU no fue fácil ni mucho menos. De hecho fue complicadísimo, y estuvo a punto de naufragar varias veces (especialmente al principio). Creo que es útil reflexionar sobre los peligros que enfrentó el espacio del PU.

El primer peligro que enfrentamos fue el de la batalla por el “programa” de la acción. Desde las primeras reuniones, algunos de los participantes –especialmente los que pertenecían a partidos políticos– argumentaron que era necesario discutir primero si estábamos de acuerdo en cuáles eran los problemas fundamentales del país, y cómo deberían resolverse, antes de decidir si queríamos realizar la acción propuesta. Para decirlo más claramente, ellos querían que discutiéramos “programas” políticos primero, y luego acciones concretas. Hubo incluso quien exigió que debatiéramos una postura frente a la posible guerra contra Irak antes de seguir avanzando en la organización del PU.
En ese momento los que estábamos más comprometidos con la idea del PU tuvimos que hacer una intervención muy enérgica para trabajar en el orden inverso: empezar por lo que teníamos en común (la voluntad de realizar una acción directa concreta contra el poder económico) y dejar las discusiones más abstractas para después. Si hubiéramos comenzado por el “programa”, todavía estaríamos discutiendo, y ninguna acción habría sido llevada a cabo. Podría pensarse una hipótesis relacionada con este problema. Los “programas” externos a los grupos que están en lucha, diseñados fuera de la realidad específica de sus luchas concretas, y que intentan fijar las respuestas a todas las preguntas de antemano, no son útiles para la articulación del campo popular (y uno podría agregar: sólo son útiles para luchar por hegemonizar espacios, y no para intervenir sobre la realidad). Por el contrario, sirven para generar divisiones artificiales entre los oprimidos, y para impedirles articular sus luchas múltiples. Los “programas” cerrados y externos, tal como se los conoce, interrumpen el proceso del escucharse y la negociación de las diferencias, que son fundamentales para la articulación en la multiplicidad. También dificultan el diseño de luchas específicas para situaciones específicas.
Un segundo peligro relacionado con el anterior fue el del “consignismo”. El espacio del PU empleó dos reuniones enteras debatiendo qué consignas llevaríamos a la acción, de una lista de dos decenas. El vocero de una asamblea propuso definir la cuestión por consenso, es decir, no pelearse por establecer cuál es la consigna correcta, sino llevar todas aquellas que permitieran que todos y cada uno nos sintiéramos cómodos. Para ello era necesario que los que habían propuesto consignas imposibles de negociar (por ejemplo, las que obviamente reflejaban la posición de un partido, o las que iban explícitamente en contra de los intereses de alguno de los grupos), las retiraran. Lamentablemente, prácticamente nadie estuvo dispuesto a retirar sus consignas, y la discusión tuvo que resolverse dejando solamente la consigna “Que se vayan todos, que no quede ni uno solo”. Se perdió así la oportunidad de llevar una o dos consignas más, referidas específicamente a los que detentan el poder económico. Podría pensarse, de todos modos, que la acción llevaba implícita su propia consigna y sus propios contenidos, y que por ello no era indispensable hacerlos explícitos bajo la forma de una “consigna” tradicional. Creo que esto lo percibieron muy bien los medios masivos de comunicación: el mensaje fuertemente anticapitalista de la acción del PU apareció claramente en casi todos los diarios, y en algunos de los canales de TV que informaron sobre el PU.

Un tercer peligro que enfrentamos fue el “aparateo” liso y llano. Varios de los que participaron de las discusiones pretendieron en algún momento hegemonizar el espacio o, peor aún, utilizarlo para otros fines. Concretamente, uno de los partidos participantes intentó en repetidas oportunidades que el espacio del PU hiciera un llamado también para el 20 de diciembre, o interviniera en las negociaciones de preparación del acto que hubo ese día. Como es sabido, ese partido finalmente utilizó todos los “sellos” que pudo reunir, para negociar con los organizadores (el Bloque Piquetero Nacional y compañía) un lugar para sus oradores en el palco. También intentaron utilizar el espacio del PU en el mismo sentido, afortunadamente sin éxito. Sin embargo, resistir esos intentos de manipulación nos llevó mucho tiempo y energía. Si hubiéramos permitido ese aparateo, la construcción de una coalición múltiple se habría complicado enormemente, y quizás todo habría fracasado.
Una hipótesis que podría extraerse de lo anterior es que la dinámica de la multiplicidad tiene buenas posibilidades de contrarrestar tales intentos hegemonistas y manipulativos, siempre y cuando pueda expresarse en su “hábitat natural”: los espacios horizontales. Pero estos espacios son muy vulnerables a los ataques jerárquicos y homogeneizadores, tanto deliberados como inconscientes. Quizás sea conveniente, en el futuro, poner reglas más claras de funcionamiento en espacios como los del PU (por ejemplo, sólo un orador por grupo, para evitar que una opinión acapare el tiempo de debate, y quizás también algún tipo de limitación para los oradores que vienen “a título personal”, supuestamente sin mandato de ningún grupo).

Un último peligro que enfrentamos fue el del “opinionismo”, un mal que creo afecta a la mayoría de los espacios horizontales (y quizás también a los jerárquicos). El opinionismo es el abuso de la libertad de expresar la opinión, por parte de personas que no están ni remotamente comprometidas a poner el cuerpo en una acción, o a trabajar para hacer realidad sus opiniones. Concretamente, en el espacio del PU se reflejaba del siguiente modo. Las reuniones se desarrollaban en el edificio que tomó el Cid Campeador, donde siempre hay varias reuniones simultáneas y circula gente permanentemente. Muchas veces se arrimaban a las reuniones personas que estaban de casualidad ese día, y que nunca más volverían, jamás pondrían su trabajo personal en la construcción del PU, e incluso ni siquiera participarían de la acción. Sin embargo, muchas veces se sentían con derecho a expresar opiniones fuertes, que nos obligaban a tener en cuenta y discutir, e incluso reclamaban el derecho a decidir sobre los temas en discusión. Esto no sólo es injusto, sino que además constituye una falta de respeto por el trabajo de los demás, y es una práctica verdaderamente autoritaria. No se me ocurren soluciones fáciles para este problema: supongo que, con el tiempo, comenzaremos a darnos cuenta de que las opiniones, y el derecho a decidir, deben ir acompañados por un compromiso de trabajo personal. Es muy fácil opinar sobre cuestiones que afectan a otros, o tomar decisiones que otros deberán convertir en realidad.


Pluralidad de tácticas: la experiencia del “grupo rosa”.

Otro debate que amenazó con empantanar la construcción del PU fue acerca de las tácticas. Algunos grupos, especialmente los ligados al arte y algunos estudiantes, proponían realizar acciones de estilo festivo, alegre, e incluso carnavalesco durante el PU. Otros grupos, sin embargo, no se sentían cómodos con el estilo festivo, y preferían un estilo, digamos, “guerrero”. Esta discusión se resolvió aplicando el principio de “pluralidad de tácticas”, que sostiene que no hay ninguna necesidad de homogeneizar las tácticas que cada grupo utiliza. Cada cual puede utilizar la táctica que prefiera, siempre y cuando no obligue a los demás a participar a disgusto, directa o indirectamente. Y como las acciones de bloqueo requerían que nos dividiéramos en cuatro grupos, eso permitió desplegar la “pluralidad de tácticas” sin problemas. Por ejemplo, en una de las últimas reuniones de organización, algunos de los grupos más orientados al espíritu festivo –Ardearte, Intergaláctika, GLTTTB, grupos de estudiantes de Sociales y Filosofía y Letras, y otros– nos comunicaron que deseaban trabajar juntos en uno de los grupos, y pedían que tal grupo se llamara “grupo rosa”.
En los cinco días anteriores a la acción, muchos de los que participarían del grupo rosa mantuvieron largas reuniones, en las que prepararon artefactos artísticos varios, pancartas con frases como “Amor o Capitalismo”, trajes especiales, un coro, etc. Entre las creaciones del grupo rosa estaban algunos dispositivos de “frivolidad táctica”, que suelen ser útiles para hacer que la posibilidad de la represión sea más dificil. Un recurso clásico que utilizaron fue la distribución de flores a los policías.
Por supuesto, muchos de los que participaban en los otros “colores” habrían estado en desacuerdo con tales recursos. Lo importante es que las acciones se organizaron de forma tal de que cada uno pudiera manifestarse a gusto, sin “molestar” a los demás. El principio de pluralidad de tácticas es especialmente útil para espacios múltiples, como el del PU.

Un protagonismo diferente para un mundo diferente

Creo que el aspecto más importante del PU es que generó las posibilidades para un protagonismo diferente, o mejor dicho, para un verdadero protagonismo. En la reunión de balance que realizamos luego de la acción, tanto entre los grupos organizadores como dentro de mi propia Asamblea, podía percibirse la alegría de haber participado verdaderamente en la gestación de un acontecimiento político. Pequeño, sí, pero no por ello menos importante. Por el contrario, y para establecer una comparación, muchos sentimos que participamos en el acto del 20 de diciembre como meros espectadores pasivos o, como dijo una compañera de mi Asamblea, “fuimos como invitados al acto de otros”. En el PU no fuimos al “acto” de nadie, sino que realizamos una acción colectiva de la que todos fuimos protagonistas. Casi ninguno de los que estuvimos en la Plaza el 20 de diciembre tuvimos la oportunidad de decidir cómo sería el acto, o si habría un acto. Ni siquiera los miembros de los partidos convocantes al acto tuvieron esa posibilidad: todas las decisiones estuvieron en manos de un puñado de dirigentes, que pactaron en reuniones cerradas e inconsultas. Por el contrario, las reuniones del PU fueron públicas y abiertas a la participación activa de todos: fue una verdadera construcción colectiva.
Podría pensarse, como hipótesis, que la construcción del PU contribuyó a generar entre los participantes una nueva subjetividad; fue en cierto modo una anticipación del mundo que deseamos construir: igualitario, múltiple, participativo. En el proceso de construcción del PU muchos aprendimos muchas cosas: cómo organizar una acción directa, qué necesidades tienen otros grupos, cómo respetar la diversidad, cómo organizar la seguridad, cómo lidiar con la prensa, etc. Por el contrario, el acto del 20 fomentó mas bien en los participantes una subjetividad contraria a los objetivos que supuestamente tienen los organizadores, y que es propia del mundo actual: pasividad, delegación, obediencia. Otros deciden, nosotros sólo obedecemos. Y sólo el puñado de organizadores del acto del 20 tuvieron la oportunidad de acumular (todavía más) experiencia. El resto de nosotros sólo tuvo la oportunidad de esperar el día, concurrir a la Plaza, ocupar el lugar prefijado para cada uno, escuchar, aplaudir, y volver a nuestras casas. El acto del 20, organizado según las formas de lo viejo, nos prometía la llegada de un mundo nuevo. El PU fue el mundo nuevo, en pequeño.

En este sentido, creo que ya el día 18 de diciembre había valido la pena haber organizado el PU. Su valor reside no sólo en su resultado final y visible, sino en los valores y subjetividades que contribuyó a transmitir durante los dos meses de su construcción. Valió como proceso, y no sólo como resultado.

El gran día

Dicho esto, creo que el resultado del PU también fue bastante bueno. A pesar del desorden y el aspecto algo caótico de la acción (una periodista describió cosas que vio como “una escena de los Monty Python”), creo que el 19 de diciembre cumplimos nuestros objetivos. Por supuesto que hubo muchas fallas en la organización, seguramente por la inexperiencia de la mayoría de nosotros. Pero estuvimos allí, y logramos interferir el funcionamiento de los objetivos que nos propusimos. El PU fue uno de los cuatro eventos más representativos de lo que fue el 19 y 20, junto con la Marcha Federal a Plaza de Mayo, el cacerolazo y acampe cultural del 19 a la noche, y las marchas de la FTV/CCC. Más importante, logramos transmitir el mensaje que queríamos en forma bastante efectiva: de hecho, si comparamos los informes de la prensa sobre esos cuatro eventos, el PU es el único que aparece con un mensaje anticapitalista claro. Pero quizás lo más importante del PU es que fue la primera experiencia de un nuevo tipo de coordinación. Ofrezco a continuación algunas reflexiones al respecto.


Hipótesis sobre la coordinación de movimientos autónomos y horizontales

Existe dentro del movimiento asambleario un debate intenso acerca de las formas de coordinación de las acciones, especialmente luego del fracaso de la experiencia de la Interbarrial de Parque Centenario. Creo que todos acordamos en que la coordinación es fundamental, pero no todos estamos de acuerdo (o sabemos) cómo hacer para que sea efectiva. Creo que la experiencia del PU puede ofrecer algunas claves para resolver este dilema.

Empecemos por los hechos, y aclaro que hablo aquí de mi percepción personal. La Interbarrial comenzó a funcionar en Parque Centenario casi al mismo tiempo en que se formaron, por primera vez en la historia de nuestro país, las Asambleas. En nuestra Asamblea nunca tuvimos la oportunidad de discutir cómo debía ser esa Interbarrial, porque ya estaba convocada apenas empezamos a existir, ¡y nuestra Asamblea nació el 11 de enero! Recuerdo que en febrero de 2002, mientras todavía no conseguíamos aprender bien cuál era el botón del megáfono que había que apretar para hacerse oir bajo el monumento al Cid Campeador, la Interbarrial ya había votado un “programa” de casi cien puntos, y había convocado a una “Interbarrial Nacional”, que efectivamente se reunió poco después, y refrendó las decenas de puntos votados por la Interbarrial porteña. Y aunque concurríamos a la Interbarrial, jamás en mi Asamblea tuvimos tiempo de debatir y votar los puntos del famoso “programa”: sencillamente eran demasiados, y no nos daba el tiempo para ocuparnos de eso en medio de otras cosas no menos urgentes, como por ejemplo intentar voltear a la Corte Suprema o al nuevo gobierno. Quizás los vecinos de la zona del Cid seamos medio lentos, pero no creo que la realidad de otras Asambleas haya sido demasiado diferente.

¿Quién debatió cómo debía ser la coordinación de asambleas? ¿Quién llamó a la primera reunión de la Interbarrial? No tengo idea, y tampoco es lo importante. Algunos dicen que fue una “ayudita” que nos dieron los partidos, pero francamente no sé si fue así. Lo que sí está claro es que no surgió naturalmente de un debate interno de las asambleas. Sucedió demasiado rápido como para que alguien haya tenido tiempo de pensar seriamente en la cuestión, consultar con los vecinos, con otras asambleas, consensuar, etc. Mientras la Interbarrial votaba un programa de gobierno, muchos de los vecinos de mi Asamblea todavía estaban en la etapa de catarsis, contándose mutuamente los problemas que tenían, y aprendiendo a escucharse. Pero se creó una Interbarrial, sea. Para muchos, pronto empezó a ser evidente que en las decisiones de Parque Centenario tenían injerencia los partidos políticos. Antes del acto del 1ro. de Mayo, sucedió lo que todos sabemos: trompadas entre militantes de partidos, intentos de cambiar decisiones de la Interbarrial por la fuerza, etc, etc. Luego de eso, cada vez más Asambleas empezaron a abandonar la Interbarrial, hartos de los aparateos. Algunas Asambleas lo hicieron silenciosamente, otras enviaron comunicados; fue un éxodo, una fuga. Lo cierto es que en noviembre sólo asistían 6 o 7 Asambleas a la Interbarrial, y era vox populi que Izquierda Unida controlaba el asunto. Luego vino un intento de resucitarla para usarla en la disputa entre Izquierda Unida y el PO por ver quién ponía oradores en el acto del 20 de diciembre. Mediante una maniobra poco clara (aunque muy evidente), los que manejaban la Interbarrial consiguieron hacer que un domingo aparecieran 55 asambleas (dos tercios de las cuales concurrieron sólo como “observadoras”). A la semana siguiente, pocos días antes del 20 de diciembre, volvieron a huir en estampida. En la reunión anterior al 20 asistieron 15 Asambleas, y en la posterior sólo quedaban en la Interbarrial 5 Asambleas. Nuevamente el éxodo.¿Qué motivos tuvimos para escaparnos? ¿Por qué no armamos alguna otra “Interbarrial”, si las Interbarriales son tan importantes? A veces sólo entendemos mucho tiempo después por qué hacemos las cosas, pero eso no quiere decir que no tengamos buenos motivos para hacerlas. Para entender por qué fracasó la Interbarrial hay que analizar la naturaleza de ese éxodo.

Mi hipótesis es que, además del hartazgo por los aparateos, nos escapamos de la Interbarrial porque es un tipo de coordinación que no corresponde con la lógica de funcionamiento de las Asambleas. La coordinación de las asambleas es fundamental, pero no ese tipo de coordinación.
El proyecto de la Interbarrial partía de una serie de premisas que habría que revisar detenidamente: 1) Que “coordinación” significa que las Asambleas deben coordinarse con otras Asambleas; 2) Que “coordinación” significa la creación de una instancia centralizada y única, en la que participen todas las Asambleas; 3) Que “coordinación” significa que esa instancia centralizada y única representa al movimiento asambleario, y que, por ello, es superior a las Asambleas de base, por cuanto representa la voz del conjunto del movimiento asambleario. 4) Que a través de ese órgano de coordinación las Asambleas deben aspirar a dotarse de un “programa” unificado. La idea es que, una vez que las Asambleas tengan su voz unificada y su programa, podrán entonces coordinarse con los demás sectores (piqueteros, partidos, sindicatos, etc.), que también deberían tener una voz y un programa. La política que está detrás de esta concepción, imagina que entonces todo el movimiento social elegiría el mejor “programa”, junto con el mejor “instrumento” para llevarlo a cabo: el partido X.

El problema con este esquema de coordinación es que anula la multiplicidad, es centralista, y jerárquico, exactamente lo contrario a lo que son las Asambleas. Creo que, desde una perspectiva asamblearia, hay que cuestionar todos estos supuestos. Vayamos punto por punto: 1) ¿Quién dijo que las Asambleas deben coordinarse prioritariamente y primero con otras Asambleas? ¿Por qué no pensar en espacios de coordinación con otros grupos y sectores también (quiero decir antes, y no recién después de haber entrado en coordinación todas las asambleas)? ¿Por qué no mezclarse de entrada con organizaciones de piqueteros, obreros, mujeres, artistas, estudiantes, jóvenes, etc? Ninguna ley dice que las Asambleas sólo deban coordinarse con Asambleas, ni que deban hacerlo primero entre ellas para sólo luego coordinarse con los demás. Quienes piensan que “coordinación” significa necesariamente coordinación entre Asambleas parten de una idea homogeneizadora de la política; piensan que es necesario dotar a las Asambleas de una sola voz. O, como dicen a veces los que están acostumbrados a la política jerárquica, “golpear con un mismo puño”. Y eso nos lleva al punto 4). ¿Por qué habrían de tener las Asambleas una sola voz, o un solo programa, cuando pueden tener muchas voces e ideas diferentes acerca de cómo cambiar el mundo? ¿Por qué uniformizar, homogeneizar, aniquilar la multiplicidad y las diferencias entre las Asambleas? Ninguna ley dispone que para lograr la unidad en la lucha haya que pensar igual, tener el mismo programa, o hablar todos con la misma voz. Y así llegamos al punto 3) ¿Necesitamos verdaderamente que un órgano superior nos represente? ¿No estamos buscando, precisamente, dejar de ser representados por otros? ¿Quién dijo que para lograr la coordinación hay que delegar en otras instancias?. Y finalmente el punto 2) ¿Por qué habría de haber una sola instancia de coordinación centralizada? ¿Por qué no dos, o tres, o varias descentralizadas? ¿Por qué habríamos de golpear con un solo puño, cuando podemos golpear con muchos? ¿Quién dijo que las Asambleas deben tener una voz, cuando tienen miles de voces? ¿Por qué habrían de trabajar todas obligatoriamente juntas?

Un ejemplo. Existe hoy un puñado de Asambleas que se identifican con el PO, y decidieron ingresar a la Asamblea Nacional de Trabajadores (ANT). La ANT es un espacio de coordinación, y esas Asambleas decidieron participar allí, y no hay nada de malo en ello. Otro puñado de Asambleas se identifica con Izquierda Unida, que a su vez es tiene su propio espacio de coordinación, y tampoco hay nada malo en esa decisión. Finalmente, otro puñado de Asambleas, que no le gusta ni lo uno ni lo otro, y que tienen otras ideas, prefirieron coordinarse en el espacio de la Clínica Portuguesa. ¿Por qué habríamos de pedirles que abandonen esas formas de coordinación para sumarse a una única coordinación de Asambleas? ¿Por qué obligar a las Asambleas PO a trabajar con las Asambleas MST, si obviamente no es lo que desean, y mas bien compiten entre ellas? Todas estas Asambleas eligieron otras formas de coordinación, con otros grupos, y no tiene sentido que las forcemos a juntarse en una sola instancia de coordinación. Sería absurdo. No es que no se pueda participar en varios espacios de coordinación al mismo tiempo. Pero no tiene demasiado sentido participar en dos espacios que reclaman, ambos, centralizar la coordinación de Asambleas.

Otro ejemplo: algunos grupos de desocupados se organizan mediante asambleas barriales horizontales desde hace años (de hecho, los piqueteros “inventaron” las Asambleas). Tomemos por ejemplo el MTD Solano. ¿Esos vecinos de Solano tendrían que venir también a la Interbarrial? ¿Son piqueteros o asambleístas? La pregunta es innecesaria ¿A quién le importa qué rótulo les ponemos? Lo que importa es que las personas de Solano y las de Palermo puedan coordinar sus acciones, cada uno de la manera que quiera, y respetando su diversidad. Pero si pretendiéramos que los vecinos de Solano se coordinaran mediante la Interbarrial… bueno, eso no funcionaría, y sería tan injusto como que los piqueteros pusieran como condición para coordinarse, que los vecinos de la Asamblea de Palermo entren a la Anibal Verón.

A lo que quiero llegar es que existen formas de coordinación que no significan centralización, homogeneización, negación de las diferencias, representación, en definitiva jerarquía. Para coordinar no es indispensable ninguna de estas cosas. Existen otras formas, más efectivas y menos nocivas. Pero para repensar la cuestión de la coordinación, es preciso “desaprender” muchas cosas que nos inculcaron siglos de política jerárquica y centralista. Desde las Asambleas ya empezamos a avanzar en ese sentido.

Muerta la Interbarrial, muchos se quejan hoy de la falta de una instancia de coordinación. Quisiera proponer, como hipótesis, que ya existe una forma de coordinación de las asambleas y otros sectores, aunque sea todavía incipiente. Está delante de nuestras narices, pero nos cuesta verla porque tenemos los ojos educados en esquemas jerárquicos: sólo percibimos la coordinación si es centralizada, uniformizada, jerarquizada.

En el año que pasó desde la rebelión del 19/20 de diciembre de 2001, la infinidad de grupos que luchan por la emancipación hemos sabido ir tejiendo redes de contactos entre nosotros. Asambleas están en contacto con otras Asambleas, pero también con fábricas tomadas, movimientos piqueteros, sindicatos, partidos, grupos de arte, de derechos humanos, de comunicación alternativa, etc. etc. Aunque cueste percibirlo, estamos todo el tiempo coordinando acciones con otros grupos. También hemos creado espacios de coordinación para temas específicos, como Intersalud, Intertomas, Privatizadas, etc, y las Interzonales. Allí donde hay un trabajo concreto, que valga la pena ser realizado, nos las hemos ingeniado para coordinar acciones con otros. Es cierto, esta coordinación es deficiente, pero existe. También hemos tejido redes de intercambio de opiniones e información, a través de Internet, y también de contactos personales entre asambleístas de diferentes Asambleas. En nuestra Asamblea, por ejemplo, recibimos toneladas de información todos los días, acerca de las actividades de otras Asambleas y movimientos, invitaciones a actividades, pedidos de ayuda, etc. Incluso, sin darnos cuenta, también hemos creado redes de contacto para generar respuestas rápidas. Un ejemplo personal. Cuando fue la amenaza de desalojo de Brukman, yo no estaba en mi casa. Cuando regresé, tenía cinco mensajes en el contestador, provenientes de personas de tres Asambleas diferentes (una de ellas ni siquiera la conocía, y no tengo idea de dónde saco mi número), pidiéndome que fuera urgente a defender la fábrica. Lo cierto es que en pocos minutos se movilizó un número importante de personas de Asambleas para proteger a Brukman, sin que ninguna institución, ni instancia centralizada hubiera dado la “orden”. Este es un ejemplo de coordinación en red, muy efectivo, y que sin embargo no percibimos. ¿Podrían las formas de coordinación centralizadas haber respondido tan bien, y tan rápidamente? Supongan cómo habría sido el trámite: Brukman llama por teléfono a la comisión de prensa de la Interbarrial, que luego llama una a una a las Asambleas, que a su vez llaman cada una a sus miembros. El resultado final no habría sido mucho más rápido (probablemente lo contrario). Pero además ¿qué pasaba si nadie respondía en los teléfonos de la comisión de prensa de la Interbarrial?: si el “centro” fallaba, toda la “coordinación” colapsaba, y Brukman era desalojada. Por suerte, la coordinación de esa acción fue en red: los que se enteraron primero de la amenaza de desalojo llamaron a los contactos que tenían, y en pocos minutos la información se expandió como una mancha de aceite por toda la red de vínculos que los movimientos sociales hemos tejido este año.

Con esto quiero decir que, sin darnos cuenta, y mientras nos escapábamos de las formas de coordinación centralistas, uniformizadoras y jerárquicas, hemos ido construyendo una estructura de coordinación en red. Por supuesto, esta red todavía es muy tenue, y queda mucho por hacer para que funcione más aceitadamente. Pero creo que es la coordinación en red la que corresponde a organizaciones asamblearias, autónomas, y horizontales: nos organizamos en Asamblea si estamos cerca, y en red si estamos lejos o somos muchos, esa es la hipótesis. Pero antes de avanzar conviene aclarar un poco más qué son las redes.


Las estructuras en red

Existen dos enemigos de la autonomía y la horizontalidad: los grandes números y las grandes distancias. Es muy difícil mantener una dinámica asamblearia efectiva si participan cientos de personas, o si éstas no viven lo suficientemente cerca como para reunirse regularmente. Siempre que ese es el caso, surge alguien que propone jerarquizar y centralizar la conducción del movimiento, es decir, abandonar la horizontalidad para ganar en efectividad.
Para solucionar este dilema, los movimientos sociales horizontales están desarrollándose en todo el mundo en estructuras de coordinación y organización en red. Una red es una trama de vínculos voluntarios y laxos entre personas u organizaciones autónomas. Como dijo el Subcomandante Marcos: “Una red no tiene centro rector ni decisorio, no tiene mando central ni jerarquías. La red somos todos los que hablamos y escuchamos”

Una red habitualmente se establece cuando los grupos participantes (o “nodos”) encuentran que tienen algún interés en común, y que pueden intercambiar información o recursos, y actuar coordinadamente. Los nodos pueden debatir a la distancia, y llegar a consensos que les permitan tomar decisiones unificadas. Pero esto no implica que cada uno pierda o delegue su capacidad de decidir por sí mismo: la horizontalidad y la autonomía se mantienen.
A diferencia de las redes, las organizaciones jerárquicas y centralizadas típicas de la izquierda tradicional se parecen a la estructura de los árboles: un “tronco central” único, del que salen “ramas principales”, de las que, a su vez, salen “ramas menores”. La organización en red tiene una serie de ventajas respecto de las estructuras tipo “árbol”. Una de las más importantes es que las redes permiten una comunicación más libre y fluida, ya que cada nodo puede establecer vínculos “horizontales” con cualquier otro a voluntad. Por el contrario, las ramas de un árbol sólo pueden comunicarse “verticalmente” entre sí pasando primero por el tronco. Y si, por ejemplo, el centro de decisiones y comunicaciones de un partido o cualquier otra forma de coordinación centralizada decide “bloquear” una propuesta de un comité regional, o simplemente falla, el flujo de la comunicación se interrumpe.

Las redes también facilitan la creatividad y la innovación. Cada nodo tiene la autonomía para explorar e inventar localmente nuevos caminos. Es probable que, entre miles de nodos, alguno se tropiece cada tanto con un gran hallazgo, incluso por casualidad. Si un “descubrimiento” es útil, muchos otros puntos de la red pueden aprovecharlo, adaptarlo, y transformarlo en una innovación global. Nadie puede prever cómo actuará una red en cada momento,y esa es una de sus grandes virtudes. Las estructuras centralizadas desincentivan la creatividad y las innovaciones locales, que siempre se espera que vengan “de arriba”.

Las redes también son más sensibles a las realidades y necesidades locales o específicas, que cada nodo conoce (y puede transmitir) mucho mejor que cualquier “comité central”. Por ejemplo, las autoridades de un Partido pueden decidir que no quieren establecer contactos con otro grupo político. Pero quizás en alguna región, por motivos particulares, tales relaciones sean indispensables. En ese caso, un nodo no dudaría en entrar en red, mientras que la “rama” de un árbol debe esperar que el “tronco” comprenda y apruebe el vínculo. Las estructuras en red facilitan el establecimiento de alianzas puntuales, flexibles y pluralistas. Pero además, al contrario de lo que suele pensarse, las estructuras centralizadas y jerárquicas son mucho más vulnerables que las redes. Decían Félix Guattari y Gilles Deleuze que, como cada nodo de una red puede funcionar como un todo autónomo, la red puede seguir en pié incluso si una o varias partes fueran destruidas. Dado que ningún nodo es indispensable para que los otros puedan seguir vinculándose entre sí, es muy difícil destruir la red completa. Esto es lo que ellos llamaron una “estructura rizomática”. Por el contrario, una estructura tipo “árbol” entra toda ella en colapso si el centro falla o es destruido. Esto vale no sólo para el caso de un “ataque”, sino sobre todo para los numerosos casos en que un dirigente toma decisiones equivocadas, se corrompe, o decide “negociar” a espaldas de sus representados. Los anales de las organizaciones sindicales y de izquierda están llenos de historias de “burocratización”, “errores trágicos”, o “traiciones” de dirigentes, que han comprometido a movimientos enteros. Para los movimientos asamblearios y horizontales, sencillamente no hay necesidad de que la suerte de toda una lucha quede en manos de un “centro”, un puñado de personas que puede fácilmente equivocarse, corromperse, o ser destruido.

Otra diferencia entre las redes y las estructuras jerárquicas y centralizadas, como dice mi amigo Franco Ingrassia, es la forma en que crecen. Los partidos políticos, por ejemplo, crecen por “acumulación”, tratando de sumar cada vez más adherentes, militantes y recursos. Las estructuras en red se comportan como la vida, que se expande creando cada vez más y nuevos organismos autónomos. Como las células, las redes crecen por “multiplicación”, no tanto aumentando el número de personas y la cantidad de recursos de un grupo en particular, sino impulsando la creación de nuevos nodos. Cuanto más nodos hay, y más variados son, la red es más fuerte. No hay nada mejor para un asambleísta que ver nuevas Asambleas surgiendo en cada esquina.
Este tipo de crecimiento por multiplicación facilita el establecimiento de relaciones de cooperación y solidaridad, ya que ningún nodo tiene por qué recelar de la creación de otro nodo, mientras que la mayor “acumulación” de un partido siempre es percibida por los otros como una amenaza. En parte es por eso que las organizaciones asamblearias suelen no exigir pertenencia exclusiva a sus miembros. Cada persona puede elegir participar en uno o más colectivos, sin que esto constituya un problema. Pero nadie puede estar afiliado a dos partidos al mismo tiempo.

Alguien podría preguntarse “Muy bien, tenemos redes de contactos y comunicación informales y voluntarios ¿Pero cómo hacemos para coordinar acciones de gran escala, donde participen muchos de los grupos de la red, sin una jerarquía que decida?” Preferir las etructuras en red no quiere decir que nunca deban utilizarse estructuras con algún grado de centralización. Éstas pueden ser necesarias o convenientes para algún caso puntual. Lo importante es no subordinar las redes a ningún centro o autoridad permanentes.


De vuelta al Piquete Urbano

Aquí es cuando el ejemplo del Piquete Urbano puede resultar de utilidad, ya que permitió coordinar a un número importante de grupos extremadamente diversos, y realizar una acción relativamente complicada de forma efectiva, y en poco tiempo. El ejemplo del PU muestra el momento en que las redes que nos venían comunicando, vinculando y coordinando en pequeña escala, se materializaron en un agrupamiento, un foco de convergencia temporario para realizar una acción específica. En el PU es un ejemplo de cómo pueden converger un número importante de “nodos” de la red en la formación de una coalición para realizar una tarea puntual. La formación de coaliciones temporarias como la del PU permite que la red múltiple y diversa cristalice en agrupamientos que pueden ser un poco menos múltiples y diversos que el total de la red, y por ello pueden llegar a definiciones más fuertes sobre tal o cual tema (por ejemplo, que es prioritario atacar al poder económico). De este modo, se combina la extrema multiplicidad de las redes, con la formación de espacios temporarios un poco más “uniformes”, en los que haya coincidencias más fuertes. Cumplida su función específica, la coalición se disuelve –como sucedió con el PU-- y cada uno vuelve a la “vida cotidiana” de las redes, hasta el momento en que sea necesario armar otra coalición, quizás con los mismos grupos, o tal vez con otros, para resolver otro tema u organizar otra acción.

¿Habría podido la Interbarrial organizar una acción como la del PU? Creo que no (de hecho mi Asamblea llevó la propuesta a la Interbarrial, donde fue ignorada), entre otras cosas porque la Interbarrial, al coordinar solamente a Asambleas, interrumpe la posibilidad de establecer contactos con otros grupos más libremente. ¿Cómo debería haberse planteado el PU si se hubiera organizado desde la Interbarrial? Primero las Asambleas deberían haberse puesto de acuerdo entre sí, para sólo luego invitar a participar a gays, piqueteros, artistas, trabajadores, partidos, etc. El problema es que, para entonces, la idea del PU ya no sería una construcción colectiva de todos, sino una invitación que las Asambleas habrían hecho a los otros grupos… Y otra vez aquí, no es lo mismo ser protagonista que ser invitado.

Pero quizás lo más importante a tener en cuenta es que el PU construyó una instancia de coordinación para que sirviera para un propósito concreto. Es decir, el “órgano” se adaptó a la tarea. Por el contrario, las estructuras centrales, fijas y representativas como lo era la Interbarrial hacen el camino inverso: primero existe la estructura, y luego vemos para qué la usamos. El problema es que, entonces, se da lugar a la lucha por el control de la institución u organismo: todos quieren controlarlo para utilizarlo para las tareas que cada uno quiere. Otra hipótesis pensable es, entonces, que a las organizaciones autónomas y horizontales no les conviene agruparse porque sí, siguiendo el imperativo “deberás agruparte”, para recién luego ver qué hacer. Conviene pensar primero qué es lo que uno quiere hacer, y luego agruparse puntualmente con los que piensan o sienten la misma necesidad. Y, sobre todo, adaptar el “órgano” a la tarea, y no poner el carro delante del caballo.

Por supuesto, el propósito de estas reflexiones es contribuir a repensar la cuestión de la coordinación del movimiento asambleario, y no prentenden ser una “receta”. Tampoco pretenden sobreestimar los alcances del PU, que fue sólo una pequeña acción, un inicio que, sin embargo, puede ofrecernos claves para resolver el problema de la “coordinación”. Creo sí que el camino de la coordinación efectiva de las organizaciones autónomas y horizontales pasa por el fortalecimiento de las redes, y por explorar la manera de construir coaliciones cada vez que sea necesario (o quizás incluso permanentes), pero que no pretendan representar a la totalidad de un movimiento.

Es probable, por último, que el funcionamiento en red no sirva para unificar las luchas bajo un “programa” y una “herramienta” en común. Pero eso es problema de los que piensan que tales cosas son necesarias…


Buenos Aires, 7 de enero de 2003.









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